Píldoras kofiteras
Se te enfría el café. Te distraes con un correo, una llamada, la tostada que se quema o simplemente porque la taza se queda olvidada en la encimera. Vuelves, das un sorbo y notas algo raro: el aroma ya no acompaña y el trago parece más plano. La pregunta llega sola: ¿lo recalientas o lo das por perdido?
Piensa en ese primer sorbo del día. A veces llega con una acidez limpia, un aroma floral nítido o un dulzor que recuerda a fruta madura. Y te preguntas: “¿Cómo sale algo así de una simple semilla?”. La respuesta tiene menos romanticismo del que parece y más biología de la buena: parte de ese carácter nace cuando la planta trabaja con dificultad, sin romperse.
El tiempo avanza de forma continua. No empieza en enero ni se detiene en diciembre, y cualquier día del año sirve para revisar hábitos o replantear decisiones. Aun así, el inicio de un nuevo año suele utilizarse como referencia. El calendario cambia y eso facilita parar un momento, mirar atrás y pensar qué conviene ajustar.
En España pedir café suele ser sencillo. Solo o con leche. Así, sin más. Da igual si es por la mañana, después de comer o en una pausa rápida. Esa forma de pedir café está tan integrada que apenas reparamos en ella: pedimos, nos sirven y seguimos con el día.
Cuando tomas una taza de buen café, suelen venir a la mente muchos de los elementos que lo hacen posible: el grano, el tueste, el aroma que se libera al molerlo, la cosecha y las manos que lo trabajaron.
Hay, sin embargo, un factor decisivo que casi nunca aparece en esa lista y que resulta clave para que todo lo demás funcione: una red invisible que opera bajo tierra.
Esa red se conoce como Wood Wide Web.
Seguramente tienes una taza favorita. No es una decisión aleatoria ni caprichosa. Si cierras los ojos, tu mano buscará esa asa específica, ese grosor de cerámica concreto. Si te sirven el mejor café en un vaso de plástico endeble, sentirás una desconexión inmediata. El café objetivamente posee la misma calidad química, pero tu experiencia subjetiva se ha desplomado.